ORDENACIÓN DIACONAL DE GEOVANNY MOLINA

No me pregunten por qué se llama “Guitarras” la aldea donde Geovanny quiso recibir su Ordenación diaconal. No lo sé. Sólo sé que está escondida entre los montes de la Misión de Río Dulce.

Eran las 9 de la noche del viernes 25 de Febrero cuando Manuel Sánchez, Fredy Cabrera y su servidor, Rodolfo Morales, emprendíamos el camino desde la aldea castellana llamada Toquelá hacia la aldea indígena llamada Guitarras para vivir el rito maya llamado Mayejak, con el cual el pueblo kekchí agradecía a Dios el don del Ministerio diaconal de Geovanny Molina.

No contábamos con que al vehículo de don Carlos, amigo colaborador de la Misión, se le dañaría la faja del motor. Se recalentó, no quiso caminar más y nos dejó a la vera del camino. 

Cuando empezábamos a pensar en la caminada que nos esperaba, aparecieron las luces del vehículo del Obispo de Izabal, Monseñor Gabriel Peñate, quien nos llevó hacia la comunidad de Guitarras, donde la gente nos esperaba llena de ánimo. Oraciones, copalpón, velas, faja roja, y caldo de cerdo formaban parte de aquel multicolor rito que nos hacía pensar en la protección que de lo alto le llegaba a nuestro hermano ordenando, y que nos hizo estar despiertos hasta las 3.30 de la madrugada. Los  “Ancianos Mayas” lo aceptaba al servicio de la Comunidad.

Resonaron agradablemente las palabras de la madre de Geovanny, acompañada de su esposo e hijas, quien sentía que, desde aquel momento, su hijo ya no era sólo suyo, sino también de aquella comunidad que lo acogía como a su misionero, como a su servidor; sabiendo que puede ser misionero y servidor de todos aquellos pueblos a donde la obediencia lleve al nuevo diácono, su hijo Geovanny.

Al otro día, hacia las 10 de la mañana, iniciábamos la procesión de entrada de la Eucaristía en la que se daría la ordenación diaconal.

El calor era sofocante; la gente se acomodó en los pasillos de la escuela y otros lugares, donde podía protegerse del brillante sol que nos acompañó toda la mañana. Frente al Obispo y demás concelebrantes, tres personas, compadecidas, acompañaban a Geovanny y le daban sombra. Eso sí, nada detuvo el fervor de aquel pueblo que por primera vez en su historia era testigo de una ordenación.

De manera sencilla, se fueron dando uno a uno los distintos ritos que conforman la ordenación diaconal, entre los que destaca la entrega de la Palabra de Dios al diacono para que la lleve a los más necesitados, así mismo, la insistencia en el carácter de servidor que debe acompañar a todo ministro ordenado, y de modo particular al diácono.

 De nuevo salió a relucir el carácter festivo del pueblo kekchí, especialmente con un delicioso caldo de chompipe, o pavo, que degustamos en compañía de todo el pueblo.

Agradecemos a todos los que han contribuido a que Geovanny Molina haya llegado a esta instancia de su vida, y oramos para que siga creciendo en su espíritu y entrega misionera.

Rodolfo Morales, cmf.