LAS MARAS:
EL RETO CRECE
Las maras, esa compleja modalidad de pandillas juveniles que proliferan como epidemia en Guatemala, Honduras, El Salvador, - últimamente en Panamá como pequeñas células- no son, únicamente, un serio problema para la convivencia interna y seguridad ciudadana de esos países.
Por su organización, relaciones y desarrollo, hoy constituyen el mas grave desafió para su estabilidad democrática y seguridad democrática-social, con erradicaciones más allá de sus fronteras.
La seriedad del fenómeno se hace evidente con una corta mirada a varios periódicos centroamericanos, respecto a hechos recientes.
Las historias y hechos lamentables que han producido dichos grupos serían interminables, sólo para mencionar o recordar algunos: estando yo en Tela-Honduras en vísperas de las celebraciones navideñas ( un 23 de Diciembre) nos llegaron las noticias de que un numeroso grupo de delincuentes atacó indiscriminadamente, con armas de asalto de alto calibre, (ametralladoras AK.47) en San Pedro Sula, un autobús urbano que en su mayoría transportaba hacia sus hogares a mujeres y niños que venían de hacer compras en el mercado central, para preparar sus tamalitos y celebrar las fiestas de Navidad del 2004. El saldo fue de 42 muertos y 7 heridos. Algunos fueron rematados para ocultar la evidencia. En un inicio y con el afán de dar una pronta respuesta a la masacre el gobierno atribuyó el hecho a grupos de “desestabilización nacional”, al final, se les identificó como miembros de la Mara Salvatrucha.
En otro contexto centroamericano el 15 de agosto de este año, enfrentamientos entre pandillas rivales en cuatro cárceles guatemaltecas produjeron 36 muertos y muchos más heridos, esto por la disputa del poder territorial dentro de las cárceles, lo curioso es que hasta granadas de mano, que tenían en su poder dichos grupos explotaron, dejando el saldo anteriormente descrito.
El 24 de agosto, el obispo auxiliar de San Pedro Sula, Honduras, Rómulo Emiliani, denuncio un “genocidio juvenil” en el país. Días antes, fue revelada en el Salvador una aparente campana de asesitantos selectivos contra jóvenes de apariencia “marera”, que el Presidente Antonio Saca ha ordenado investigar.
En declaraciones divulgadas el 22 de Agosto, Michael Keegan, portavoz del Departamento de Seguridad Interior de Estados Unidos, dijo que, desde marzo, cuando su gobierno comenzó la campaña “Escudo Comunitario”, 120 pandilleros han sido deportados a México, Guatemala, Honduras y el Salvador, 80 se les añadirán muy pronto y 600 más están en custodia de funcionarios migratorios, con posibilidades de ser devueltos.
En una cumbre entre los presidentes centroamericanos y mexicano, celebrada en Tegucigalpa el 29 y 30 de Junio, el desafió de la mara fue eje de las discusiones: hay inquietud, por su eventual vinculación con el narcotráfico e, incluso, grupos terroristas. Y luego de los enfrentamientos en las cárceles guatemaltecas, José Miguel Insulza, nuevo secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), recalco la necesidad de una respuesta urgente e integral.
Para que tal respuesta produzca el mayor éxito y los menores daños colaterales posibles, es indispensable evitar dos peligrosas simplificaciones: una, definir exclusivamente a las maras como consecuencia inevitable de la pobreza, las desigualdades y la marginalidad generalizadas; otra, considerarlas un problema estrictamente criminal, frente al cual solo funciona una fuerte represión, aun a riesgo de vulnerar los derechos humanos.
Ciertamente, hay factores socioeconómicos de índole general que crean condiciones propicias para las maras; por ello, y por elemental solidaridad y justicia, hay que abordarlos. Ciertamente también, frente a la acción delictiva es necesario el castigo de los culpables y la protección de las víctimas. Pero el abordaje debe tomar en cuenta muchas otros facetas. La más sobresaliente es el carácter transnacional del fenómeno, reflejado en la existencia de dos grandes “franquicias” o grupos rivales—la Salvatrucha y la M-18--, nacidos en las calles de los Ángeles, pero que se reproducen y matan en las principales ciudades guatemaltecas, hondureñas, salvadoreñas e, incluso, mexicanas. Cada expulsión de pandilleros desde Estados Unidos agudiza esa dimensión del problema. Pero hay muchas mas: la falta de oportunidades educativas y laborales para amplios sectores de la juventud; a este respecto Mons. Rómulo Emiliani en San Pedro Sula está promoviendo centros de rehabilitación que ayuden a reinstalar nuevamente a estos individuos a la sociedad en base a trabajos menores como: panaderías, zapaterías, corte y confección para las mujeres; a miembros de estos grupos, una vez rehabilitados, se les ofrece una oportunidad de trabajo; no todos perseveran, pero al menos está siendo un buen intento. Otro factor que agudiza el problema es el hecho de que cuando son expulsados desde EE.UU. son hacinados en áreas urbanas deprimidas; el corto horizonte de sus vidas; la ruptura de sus nexos y apoyos familiares básicos; la carencia de focos de identidad positiva en sus comunidades, ya están “etiquetados”; la violencia heredada de los enfrentamientos político-militares conocidos por todos en décadas pasadas; la fácil disponibilidad de armas en los mercados negros; su relación con otras estructuras militares o paramilitares que lo utilizan para sus fines, y la debilidad técnica de los cuerpos policiales y los poderes judiciales.
No se trata de meterlos en el “hoyo” y ya. Como hecho reciente y lamentable en el mes de Septiembre en una cárcel de Guatemala (Escuintla) se dio un nuevo enfrentamiento entre mareros (Mara 18 y Salvatruchas) donde nuevamente los sistemas y estructuras penitenciales se muestran frágiles y permitieron el ingreso de granadas de fragmentación, pistolas y ametralladoras dejando un saldo significativo de muertos y heridos en medio de los pasillos de la cárcel.
Hasta ahora, agobiados por el problema, la población y los gobiernos se han inclinado, esencialmente, por la opción represiva, lo que hacen es encerrarlos y hacinarlos en una celda. Pero la “epidemia”, lejos de disminuir, crece. Razón de más para emprender estrategias más orgánicas, que contemplen la prevención, la intervención en situaciones de riesgo, la represión eficaz (no desbordada) de los delitos, la reinserción de sus autores a la sociedad, y la coordinación entre los países afectados y aquellos que están en riesgo.
¿Complejo? Sin duda. Mucho ya se ha escrito y dicho al respecto, yo soy uno más. Considero que valdría la pena cada vez que hacemos un análisis de nuestros campos de apostolado darnos cuenta que lidiar hoy con este tipo de jóvenes requiere de tacto y propuestas concretas que les ayuden a descubrir como opción libre y consciente los auténticos valores a un nivel social-familiar-religioso. A lo mejor ayudaría a encaminar algunos objetivos específicos y líneas de acción de nuestros proyectos pastorales, a un mayor encuentro con este tipo de grupos y tratar de mostrarles un rostro nuevo de Jesús, no sólo el Jesús dentro de las Iglesias de concreto que muchas veces ellos rechazan y roban, o de los grupos juveniles ya formados, con los cuales es complaciente trabajar, sino a un Jesús cercano, amigo. No pretendemos hacer de terapeutas y mucho menos de “rescatadores compulsivos”, pero al menos, tomarlos en cuenta dentro de nuestros proyectos y procesos de evangelización, especialmente en zonas urbanas en los países centroamericanos ya mencionados, donde tenemos sectores o barriadas que enfrentan esta problemática. Desde luego que esto trae riesgos y pocos “reconocimientos evangélicos”, ya que los resultados no se ven a corto plazo como podría suceder con otros grupos cercanos a nuestras parroquias, que hasta nos dan cierta “fama de excelentes predicadores” pero hoy en día creo que los “rollos” están sobrando.
Los gobiernos que traten de resolver la situación desde su responsabilidad como tal, las ONG desde su filosofía de ayuda, los Derechos humanos desde la suya, nosotros desde la nuestra y de ser posible de forma conjunta.
Hoy las clases medias están desapareciendo, eso sí no han desaparecido por completo. Los jóvenes o están inmersos en el mundo del mercado como un “valor” más a intercambiar, modelado por la “técnica y la computadora”, para poder competir o bien por drogas sofisticadas como el éxtasis, cocaína, etc. Y los que provienen de hogares más pobres o disfuncionales se revelan contra los que “tienen” lo que ellos nunca han tenido (familia-bienes-fe) prostituyendose, alcoholizándose, drogándose, o buscando membresía en grupos que los haga sentirse “alguien importante” dentro de la sociedad, aunque sea salir por los periódicos y noticieros T.V con el orgullo de haber, robado, violado o golpeado a alguien.
Este año en México, específicamente en Guadalajara, tuve la oportunidad de tener durante los tres primeros meses un retiro personal fuerte y posteriormente se me dio la oportunidad de sacar un diplomado en “adicciones” en la Universidad Jesuita de Guadalajara, también participe en el V. Congreso Nacional de Especialistas en adicciones (19-20-21 de Agosto en Jalisco) El Diplomado abarcó seis meses de teoría en las aulas (a un nivel terapéutico) y dos meses de prácticas en varias clínicas para adictos-pandilleros, al igual que visitas a grupos, en conflicto social, en las calles. En el acompañamiento de estos jóvenes, participábamos no sólo sacerdotes, médicos, psicólogos, abogados, un diputado, trabajadores sociales sino también grupos de padres de familia que se interesaron en aprender más sobre este conflicto social que en cualquier momento puede afectar a sus hijos. Considero que una de las experiencias más enriquecedoras fue el haber acompañado a un grupo de jóvenes (mixto) en una de las clínicas mas antiguas de Guadalajara llamada “Regreso a la vida”, donde se atienden pacientes de todo tipo de problema antisocial: alcoholismo, drogadicción, delincuencia por robo, asesinato, etc., en esa Clínica realice las prácticas del diplomado, participando en terapias individuales y grupales.
Sus historias personales son desgarradoras y su frustración se refleja en sus lágrimas y mirada.
Estudiar en las aulas psicología o estudiar sobre los procesos adictivos es relativamente fácil, sólo basta aplicarse, leer, entregar los trabajos de investigación (psicometría) a tiempo, llegar a una buena conclusión (rollo), pero una vez que se enfrenta la realidad, la situación es otra. Los libros y muchos conceptos memorizados para ‘sacar buenas notas” y adquirir cuadro de honor en psicología o en el Diplomado mencionado, quedan cortos y pegados en la pared -al menos ahí tengo el mío.
Hay que estar con ellos, mirar sus rostros, escucharlos, comprender su historia personal. Muchos de ellos nunca tuvieron padres, fueron niños de y en la calle, con ninguna formación de valores, su mundo es la calle y los demás no son prójimos sino medios de subsistencia o de desquite social. Desde la niñez han ido creando una estructura neurótica que ha alimentando diversos trastornos de personalidad los cuales se acentúan en la etapa de la adolescencia (etapa de transición en el desarrollo que se da entre la niñez y la adultez-entre los 12 a 20 años-, caracterizada por cambios biológicos y psicológicos fuertes). Por lo general los que forman el grupo de “mareros” han sido jóvenes que durante su infancia o etapa adolescente han sufrido maltrato y abuso. Entendiendo por maltrato toda acción que, causando daño físico, emocional o sexual a una persona, vulnere sus derechos y le impida el pleno desarrollo de sus potencialidades. Los efectos psicológicos del maltrato son devastadores, y afectan numerosos aspectos de la vida de una persona, comenzando por su autoestima, luego sus relaciones interpersonales, acumula mucha ira, rabia, enojo, resentimiento, frustración no sólo contra si mismo sino contra los demás. Como mecanismo de defensa el joven “marero” en su etapa adolescente se “desquita” de todo lo sufrido y se proyecta a nivel social con la agresión desplazando el maltrato recibido de niño o adolescente a aquellos que le proyecten normas, leyes o “valores”. La violencia y la agresión se convierten en un acto compulsivo, repetitivo, sin control que progresivamente lleva a la autodestrucción y destrucción de los demás.
Juzgar a estas personas desde nuestra perspectiva formativa o religiosa puede resultar fácil, pero en la base de sus vidas existe un “mal” que podríamos catalogar hoy como mayor que les ha marcado de manera contundente y los hace reaccionar impulsivamente de manera “diabólica” con los resultados lamentables ya conocidos por todos a través de los medios de comunicación social. Sus acciones de ninguna manera son justificables porque de por medio -en su afán de venganza- hay vidas humanas inocentes; pero no podemos perder de vista que ellos también son personas con un pasado y una historia tan lamentable como la de los ladrones crucificados a la izquierda y a la derecha de Jesús. Algunos decidirán quedarse a la izquierda y seguirán matando y matándose, otros lograrán rehabilitarse y obtener un trabajo justo y digno aunque sea de panadero o zapatero, son pocos, pero al menos es un signo de esperanza que se puede reforzar con nuestra ayuda, oración y colaboración pastoral.
El reto crece y estos grupos son cada vez más numerosos y fuertes. Como dice el dicho popular “lo último que se pierde es la esperanza” y nuestra esperanza tiene su soporte en la esperanza de Jesús, que anuncio el Reino de Dios en un ambiente hostil y ante la incomprensión de todos, y espero activamente en la promesa de Dios en medio de la oscuridad de nuestra historia. Esta esperanza contra toda esperanza le llevo a luchar contra los poderes establecidos que oponían resistencia al advenimiento del reino de justicia, de igualdad y de paz por El proclamado y vivido anticipadamente en su muerte y resurrección. En esa lucha, Jesús experimenta lo difícil que resulta cambiar las actitudes de la gente, las estructuras del entorno y, en definitiva, la vida, pero no cae en el fatalismo ni en juicios de valor señalando y condenando al “culpable” mandándolo al “infierno”. El hizo lo suyo por rescatar a las ovejas perdidas o descarriadas, nosotros hagamos hoy lo nuestro.
Fraternalmente, P. Omar Coto, cmf.