LA BEATIFICACION DEL PADRE ANDRÉS SOLÁ C.M.F.

Guadalajara, 20 Noviembre, 2005

Un simple librejo me dio la suerte de asistir como Delegado de nuestra Provincia de Centroamérica a la Beatificación del hermano y Mártir Padre Andrés Solá. Para mí, demasiado premio por tan poquita cosa. El mismo librito, aunque con otro formato, estaba siendo ampliamente difundido en México por los nuestros. Confieso que el estar presente en la Beatificación significaba mucho para quien tuvo siempre del Padre Solá un recuerdo tan vivo desde aquellos años primeros de la carrera en la Provincia madre de Cataluña, de la que era hijo el Mártir, y con sus familiares tan cercanos a la Casa de Vic. 
Los días 19, 20 y 21 de Noviembre fueron de emociones hondas y alegría grande. Aparte de los hermanos de México todos los no impedidos por ministerios imprescindibles en lugares muy alejados, hubo una buena representación de toda la Congregación. Los Obispos PP. Manuel Revollo, Carlos Mª. Ariz, Iván Castaño, Juan José Pineda, y nada digamos del Cardenal José Saraiva Cmf, Delegado del Papa para la Beatificación honraban mucho al Instituto en medio de la Jerarquía mexicana. Cabe destacar también lo que significaba contar para todos los actos con el Rmo. Padre General, Josep Abella, y sus dos predecesores Padres Gustavo Alonso y Aquilino Bocos. Desde luego, y a pesar de las dificultades naturales que ello entrañaba, los hermanos de México hicieron que nada faltase, que todo estuviera muy a punto y que todos nos lleváramos al final un recuerdo más que agradable de aquellos tres días tan densos. 

El viernes 18 ya estábamos todos en la Capital de México. El sábado 19 hubo que madrugar mucho para hallarnos todos en la Casa Provincial, pues a las cinco en punto se emprendía la marcha en dos autocares hacia el Rancho de San Joaquín, Estado de Guanajuato, lugar del martirio de nuestro Padre Solá y de sus dos compañeros, el sacerdote diocesano Padre José Trinidad Rangel y el laico ejemplar y comprometido Don Leonardo Pérez. 

Varias horas de viaje. Y hacia el mediodía, nada más llegar al Rancho, la primera sorpresa, pues estos mejicanos son un poco especiales: “No bajarán de mil quinientas a dos mil las personas que esperamos”. Y así fue. Todas con aire de fiesta, llegadas a aquel paraje solitario y de vegetación adusta. 

Aunque el torrente que va de la vía del tren al lugar preciso del fusilamiento siga igual que en Abril de 1927, sobre la tierra en que cayeron los tres confesores de Cristo se alza ahora una esbelta Cruz, que, aparte de recuerdo y testigo mudo y solemne, fue necesaria para que la gente no se llevara ni más piedras ni más tierra para su veneración. 

A pocos metros, una capilla, suficientemente amplia y cuidada con esmero, sirve para el culto de los peregrinos que allí han acudido siempre. Delante de ella, y sobre el estrado construido expresamente ad hoc, se tuvo la solemne Eucaristía, presidida por el Padre General. A pesar de su serenidad y simpatía de siempre, no podía esconder el entusiasmo que encendía su predicación. 

El almuerzo de tanta gente se tuvo en las tiendas y casas del Rancho de San Joaquín, unos trescientos metros elevado sobre el torrente del martirio. Después, a pernoctar en Guadalajara, a donde llegamos bien entrada la noche. 

El domingo 20, libre por la mañana, pero a las dos de la tarde cada uno emprendía marcha hacia el Estadio Jalisco, donde había de celebrarse la Beatificación, que comenzaría puntual a las cinco. Buena organización. Profusión de banderas, mariachis, y más que todo, entusiasmo, mucho entusiasmo de los 55.000 asistentes que abarrotarían el aforo del Estadio, entre los cuales se distinguía un gran contingente de jóvenes. 

La celebración entera se desarrolló tal como estamos acostumbrados a verla por televisión en las funciones vaticanas. Los trece Mártires que aquel día escalaban los altares se dividían en dos grupos: Anacleto González Flores y seis compañeros, todos laicos; nuestros tres Trinidad, Andrés y Leonardo; y en solitario el joven sacerdote de 22 años, Angel Darío Acosta, y el valiente muchachito de trece años José Sánchez del Río. Todos se llevaron aplausos, pero este adolescente José Sánchez se copaba todos apenas sonaba su nombre. Especial emoción suscitaron la procesión de las reliquias llevadas por familiares directos o muy allegados, que después recibieron la Comunión de manos del Cardenal Legado. Por nuestro Padre Solá, su sobrina María Teresa Solá, en plena lozanía de años, venida expresamente desde Vic.

La Comunión, nutridísima, distribuida en las graderías por muchos ministros extraordinarios, y acompañada sin cesar por los cantos más clásicos. Merece especial mención el más famoso nacido en la persecución, y que aquel día, Solemnidad de Cristo Rey, significaba y emocionaba tanto: “Que viva mi Cristo, que viva mi Rey; que impere doquiera triunfante su Ley. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Cristo Rey!”. 

 Hacia el final, un crepúsculo intensamente rojo cubría el Estadio, y, como remate lleno de emoción, aparecía en las pantallas gigantes el Papa Benedicto XVI dirigiendo sus saludos en perfecto español a todos los presentes. Entre el ordenado desorden de la salida, un susto general que no duró más que segundos: apagón total…, para disfrutar mejor de los fuegos artificiales sobre el cielo del Jalisco.    

El lunes, al mediodía, nos reuníamos todos los Claretianos en nuestra Casa de Guadalajara para la Eucaristía de acción de gracias, que presidió Monseñor Ariz, y para un almuerzo fraternal antes de emprender cada uno el regreso a su destino. 

Días felices e inolvidables en México por un hermano más en los altares. El Postulador General Padre Aitor Jiménez nos abría a la esperanza de ver pronto a otros grupos con la misma gloria. Podemos soñar un poquito, pues a lo mejor no nos equivocamos… 

Pedro García Cmf.